El Perro Negro de Felipe II

Hacia 1580, mientras se acababa la construcción del monasterio que tan famoso ha hecho a este lugar de la sierra madrileña, los monjes que ya se aposentaban en el citado lugar, manifestaron haber visto por las noches a un perro negro que daba grandes saltos a la luz de la luna cuyo aullidos de ultratumba eran rotundamente audibles.

Los citados aullidos se escuchaban también en los subterráneos del monasterio, bajo los aposentos de Felipe II. Cuentan que uno de los religiosos, el padre Villacastín, ayudado de tres monjes, atrapó al perro, el cual pertenecía a un cortesano de aquellos que acompañaban al monarca por todo lugar donde éste colocara sus reales posaderas. Sujetado por un cuerda que acababa en un collar, mostraron el perro al Rey en cuyo imperio no se ponía el sol y el capricho real decidió mandar ahorcar al can en una de las ventanas del monasterio, a la vista de todo el mundo, donde permaneció colgado hasta pudrirse. Parece ser que su Majestad vio en el perro negro a la reencarnación de Can Cerbero, el mitológico monstruo que protegía el acceso al Averno.
Evidentemente el perro, mientras era ejecutado, no mantuvo el silencio que el rey debía esperar, lo cual parece ser que dio una fuerte impresión. A partir de ese momento, el rey veía al perro mientras se sucedían los peores hitos de su vida como pudieron ser la muerte de su mujer como en los días de su agonía.
Cuentan que el rey, postrado por la gota, mantuvo el siguiente dialogo con uno sus asesores:
- Y el perro negro ha vuelto a presentarse?
- Señor, desde que el padre Villacastín le dio caza y V.M. dispuso que le ahorcasen, no se le ha vuelto a ver en el Monasterio
- Yo le veo y le oigo en todas las partes, sus ladridos me despiertan. Es preciso hacer conjuros para que no vuelva, me causa miedo.